domingo, 26 de mayo de 2013

EL CASO EZKIOGA, LA APARICION DE LA VIRGEN Y SU PROFECIA.

Hermanos Andres y Antonia Beractartua.
El 30 de junio de 1931 en la actual Ezkioga-Itsaso, en español Ezquioga-Ichaso, es una localidad de la provincia de Guipuzcoa (País Vasco) fruto de una fusión de 2 pueblos pequeños; Ezquioga e Ichaso.
En Ezquioga, hubo unas apariciones marianas que le dieron fama a nivel mundial y generaron una enorme controversia.
Una Virgen, vestida de blanco, con un manto negro y espada en mano, con gesto desafiante, anunció a los hermanos Beractartua, que en 5 años empezaria La Guerra Civil Española (1936-1939)  profecía que se cumpliría posteriormente 5 años después.
Las apariciones de Ezquioga. by Jesús Delafrontera

Durante la Segunda República, los montes guipuzcoanos se convirtieron en un enclave de peregrinación para miles de personas venidas desde los más recónditos lugares de la geografía española en busca del milagro.
La política, la milagrería, la religiosidad, lo sobrenatural e inexplicable se unieron en un batiburrillo que desembocó en una represión sin precedentes por parte de la Iglesia y el Estado.
Alli, más de un centenar de elegidos -que acabaron sus días en prisión, manicomios y fusilados junto a sus seguidores- entraban en trance, levitaban, hablaban en otras lenguas, sufrían estigmas y vaticinaban el futuro ante la multitud.
Las apariciones marianas que tuvieron lugar en Ezkioga son, además de un episodio que marcó la historia política, religiosa, social y sobrenatural del pasado siglo XX, un tema tabú.
Son pocas personas las que hoy acuden hasta el lugar.
Un pequeño muro pétreo, una cruz de madera y una decena de cirios encendidos alrededor de un improvisado altar, son parte del recuerdo de lo que en los parajes guipuzcoanos aconteció durante la Segunda República.
Y todavía hoy, recorrer este paraje supone revivir los prodigiosos sucesos religiosos que aun permanecen rodeados de interrogantes, envueltos por el silencio y desterrados de la memoria de los habitantes.

¿Qué ocurrió realmente en esta pradera vascuence?
¿Investigó la Iglesia el caso?
¿Intervinieron los parlamentarios de las Cortes Generales?
¿Fue todo un montaje?
¿Se produjeron sucesos inexplicables?
¿Cómo acabó todo?

Hoy, nadie parece querer recordar aquellos tiempos que para muchos fueron aciagos.
Y que comenzaron el día en que dos jóvenes -Antonia y Andrés Beractartúa, de once y siete años de edad respectivamente, e hijos del dueño de uno de los bares de carretera cercana a la localidad de Ezkioga- pudieron observar una figura resplandeciente merodeando por un huerto de manzanos durante la madrugada del 29 al 30 de junio de 1931.
Un encuentro en el que los adolescentes se toparon con lo imposible. Con “alguien” que no era de este mundo.
En el que no recibieron ningún mensaje o entraron en trance alguno pero que les dejó paralizados y sobrecogidos.
Una manifestación que ya se había producido nueve días antes y de la que fue protagonista Ignacio Galdós, concejal de Ezkioga.

“Venía yo, con un tronco grande de árbol tirado por los bueyes.
Como el terreno está lleno de precipicios, rodó el tronco y, con él, arrastró por delante a los bueyes y a un hijo mío llamado Isidoro.
Al no ver a mi hijo, ni a los bueyes, creía que habían muerto y bajando, asustado, vi a una señora que sostenía al buey de un cuerno y del hocico, mientras mi hijo, ya fuera de peligro, estaba de pie tranquilo pero aturdido -explicó el edil a la prensa de la época-.
Esta señora, que supe que era la Virgen, vestía de negro con unos rosarios que colgaban de la muñeca derecha.
El velo era negro, con corona de cinco estrellas, que iluminaban como el Sol.
Como es natural dije lo ocurrido a algunos, pero como no me hicieron caso y se reían y burlaban.
No tardaron en correr los rumores sobre las insólitas manifestaciones entre los paisanos.
Las peregrinaciones de gentes venidas de toda la comarca y la sucesión de portentos y prodigios y testimonios de lo imposible.
Hasta los prados -propiedad de Juan José Echezarretea- acudían cientos de fieles en masivas romerías movidos por la fe y un desesperado auxilio en un tiempo marcado por las penurias.
Aquel paraje aparatado de las grandes ciudades donde el desarrollo industrial crecía a pasos agigantados, acabó transformándose en el punto de reunión de creyentes y curioso bajo la tutela religiosa del capellán de Zumárraga, de gran influencia en la diócesis guipuzcoana, Antonio Amundarín.
El sacerdote, que había tenido conocimiento de las visiones cuando una de sus amas de llaves le relató las habladurías que corrían por los caseríos, emprendió la búsqueda de los elegidos, agrupó a sus adeptos y coordinó la organización de peregrinaciones así como la difusión de los milagrosos hechos que estaban teniendo lugar con todo detalle en boletines y panfletos.

                                                                     Milagros a la carta.


La fe, lo celestial y lo divino se vio reforzado más si cabe con la llegada de cronistas y periodistas al lugar. Los cronistas del periódico El Pueblo Vasco fueron los primeros en dar a conocer la emoción contenida y los portentos que estaban produciéndose cada tarde.
“De los miles de personas que acuden a Ezkioga -rubricaron en los reportajes escritos-, hay bastantes cuyos temperamentos excitados, ya por cuanto oyen y leen, se encuentran en una extraordinaria impresionabilidad que les dispone al pasmo o al desvanecimiento en cuanto se acerca -en medio de aquella impresionante expectación religiosa- la hora casi fija que se ha señalado como propicia a la aparición.
Así pues, con estas especiales circunstancias, no ha de faltar a diario media docena de personas que caigan en un trance y asegurasen haber visto a la aparición”

Los prodigiosos capítulos que originariamente estaban protagonizados por una veintena de adultos, transcurridos unos meses, eran experimentados por más de un centenar de “dotados”.
Todos vislumbraban extasiados al mismo ser angelical que se presentó a los muchachos bajo, como afirmaron los sacerdotes, la advocación de Dolorosa, dando “señal divinas” y Comunicados con un mensaje catastrofista.
Los numerosos videntes gozaron de notable prestigio ante la opinión pública, sobre todo por el aval y testimonio de distintos reverendos que, movidos por la curiosidad -entre los que se encontraba el mencionado anteriormente Antonio Amundarin, párroco de Zumárraga-, pudieron observar como lo divino se hacía realidad.
“Hay recogidos por nosotros y examinados por médicos y sacerdotes, unos sesenta casos –rubricó Amundarín-.
De ellos, la mitad, puede decirse, se rechazaron de un sumarísimo examen, bien por la constitución física de los declarantes o por su estado de nervios.
Pero hay otros que nos preocupan intensamente, pues ofrecen extraordinaria sensación de realidad”

La intensa afluencia de gente no hizo sino crecer a medida que transcurría el tiempo.
Todos querían ser espectadores de los éxtasis, escuchar los mensajes de salvación y esperanza o ser curados de sus enfermedades.
Las gentes se agolpaban para poder contemplar como los iluminados caían en trance sobre las tablas de madera bajo la humilde techumbre erigida que hacía las veces de improvisado templo en el mismo punto donde la Inmaculada había aparecido.

Los reporteros gráficos inmortalizaban tensos gestos, hieráticos rostros, ojos en blanco, cuerpos inmunes al dolor y movimientos compulsivos imposibles de realizar por cualquier ser humano.
Escenas que avivaron la atmósfera milagrosa, cautivaron a la sociedad y aumentaron la difusión de los prodigios que tenían lugar en una olvidada y perdida aldea por todos los rincones de nuestra piel de toro.
Pero pronto cambio todo.
A medida que fueron creciendo el número de videntes y seguidores, se produjo una transformación espiritual-social.
La Virgen, poco a poco y a través de sus misivas, parecía mostrar una oposición a la Segunda República, lo que conllevó que elegidos, crédulos y medios de comunicación se posicionaran en ideas políticas que nada tenían que ver con lo divino y de esta forma se reavivaran las diferencias en los medios de comunicación.
Nadie se preguntaba qué clase de estados alterados padecían los elegidos.
Nadie se interrogaba cómo era posible que fueran capaces de obrar todo tipo de portentos.
Nadie, absolutamente nadie, se planteaba si era real o no lo que experimentaban y contemplaban.
Todos los incondicionales veían en ellos una evidencia del cielo.
Cada milagro o mensaje se traducía como una prueba, una afirmación de su correcta postura bajo los ojos de la fe y a esperanza de ante la miserable situación social, económica y política que estaban viviendo.
“Las visiones de Ezkioga ocurrieron durante un periodo de entusiasmo en el seno del catolicismo en el que, frente al racionalismo, los devotos habían llegado a creer que la antigua fuerza se hallaba al alcance de la mano, que los milagros acreditados eran plenamente posibles y que los seres sobrenaturales resultaban más fáciles de ver -escribió William A. Christian Jr en su obra Las Visiones de Ezkioga-.
La amenaza de la república secular puso en acción esta energía devocional acumulada en la gente del norte. Decena de miles de personas concentraban intensamente aquella fuerza en los videntes”

Más de veinte mil personas acudían cada semana para escuchar los comunicados celestiales que más de un centenar de individuos -tanto locales como venidos desde Barcelona, Madrid, Navarra o Toledo- que afirmaban tener relación directa con la Virgen y que protagonizaban escenas que escapaban a la lógica y a la razón intentando demostrar que ellos eran los auténticos elegidos. Hombres, mujeres y niños marcaron aquellos días de fe y devoción en los que algunas manifestaciones fueron parte de la farándula y la picaresca y en donde, otro muchos, aún rompen los conceptos de la razón.
Nombres y apellidos como el de Ramona Olazábal, quien contaba con quince años de edad cuando tuvo su primer trance y cuyas manos sangraron ante más de 20.000 personas -el 16 de julio de 1931-, y que según los doctores Doroteo Gaurriz y Luís Azcue -miembros del tribunal eclesiástico que estudio el caso- fueron producto de autolesiones de la muchacha con un hoja de afeitar.
Los trances de Benita Aguirre, quien tuvo su primera experiencia el 12 de julio de 1931 con nueve años de edad.
Su rostro -inmortalizado en fotografías en blanco y negro- sigue generando la misma inquietud y asombro. Ojos en blanco, completamente abiertos y con la mirada perdida en el infinito mientras pasaba los diferentes exámenes y pruebas médicas en las que se mostraba inmune al dolor cuando le clavaban agujas y quemaban con velas diferentes partes de su cuerpo.

Las experiencias que la burguesa María Dolores Núñez, la primera vidente cuya imagen salió en los medios de comunicación, realizaba cuando caía en un estado místico, fuera de sí, absorta y que pronto fue relegada al olvido ante el auge de dotados más espectaculares.
El protagonismo que acaparó María Recalde, natural de Zenarruza en Vizcaya, quien para muchos era una auténtica elegida, de gran vitalidad y extremadamente generosa siempre pendiente de ayudar a todo aquel que se acercaba a ella.
O, el alto y enclenque, Cruz Lete, uno de los pocos elegidos que afirmaba ver a Cristo, cuyos mensajes estaban marcados claramente por lo político y profético.
La situación entre los santones y los seguidores se desbordó cuando Francisco Goicoechea, alias Patxi, anunció una gran tragedia a los fieles el 7 de julio de 1931.
Al conocido como “mozo de atún”, hijo de arrendatarios de un caserío, que llegó a levitar en varias ocasiones ante la multitud y obrar curaciones imposibles, que pasó de viajar con chofer a la campa para peregrinar por la noche al amparo de la oscuridad tras la expresa prohibición de las autoridades eclesiásticas, no le tembló la voz cuando emitió un fatal comunicado.
“Habrá una guerra civil entre católicos y no católicos en el País Vasco"
-reveló Patxi, “el mozo de atún” a la multitud-.
"Al principio los católicos sufrirán seriamente y perderán muchos hombres, pero al final, triunfarán con la ayuda de los 25 Ángeles de Nuestra Señora”

                                                              La Iglesia entra en juego.


Desde julio hasta septiembre de 1931, los tres rotativos de corte católico de San Sebastián difundieron incontables detalles sobre lo que se estaba desarrollando.
Las plumas de los redactores desgranaban a diario cada rumor y suceso.
Ezkioga se convirtió en un fenómeno mediático sin precedentes que provocó que los mandatarios eclesiásticos crearan una comisión que analizase Ezkioga.
Los sacerdotes, Sinforoso Ibarguren y Juan Casares, así como el médico de Zumárraga, Sabel Aranzadi, y el alcalde y secretario de la urbe vasca, llegaron a entrevistar en apenas 15 días, a más de cien videntes -entre niños y adultos- y recabaron más de trescientas declaraciones sobre los milagros y visiones.
La magnitud de las apariciones llegó a ser de tal importancia que el asunto acaparó la atención de los responsables políticos del momento ante la tensión social que se estaban viviendo en diferentes ciudades españolas.
Ezkioga fue la válvula de escape para la milagrería y la fe fundamentalista.
En España se ansiaba que se produjera un gran portento como había sucedido en Portugal o Francia.
Una señal celestial que marcase el rumbo ideológico ante un ambiente social crispado y pronto surgieron nuevos movimientos visionarios en diferentes puntos de la península.
Por ejemplo, en el pueblo toledano de Rielves donde Teófila, una niña de once años de edad, y su padre, Marcelino, tras afirmar contemplar a la Virgen llegaron a congregar a más de siete mil personas.
Días después de los sucesos de Rielves, el Jefe de Telégrafos de la ciudad de Siguenza, en Guadalajara, también observó algo divino en la torre de la catedral castellana.
De la misma forma ocurrió en Torralba de Aragón con un grupo de niños que jugaba en las cercanías de la iglesia de la localidad.
El impacto social-milagroso de las apariciones de Ezkioga, así como de la del resto de nuestro país, llegó a la capital.
Había que tomar medidas drásticas y el diputado extremeño, Antonio de la Villa, denunció en la Cortes el carácter político del movimiento religioso.
Su discurso, en el que solicitaba tomar medidas, se hizo realidad cuando meses más tarde el gobierno cerró los periódicos de derechas existentes en el norte de España.


Durante el verano de 1931, el interés científico por parte de los facultativos y antropólogos fue diverso.
Al primer examen, realizado por el canónigo Juan Bautiste Altisent a la iluminada Benita Aguirre, le siguieron el de Fernando Asuero, de San Sebastián, el de los catalanes Miguel Balari y Manuel Bofill, y el del ilustre Gregorio Marañón -según señalan algunas fuentes enviado por Manuel Azaña-.
Incluso, el psiquiatra Victoriano Juaruasti propuso varios ingresos en sanatorios de salud mental.
Las suspicacias entre el movimiento virginal y los funcionarios eclesiásticos fueron en aumento, hecho que aprovechó el Obispo de Vitoria para confeccionar un acta contra las manifestaciones virginales.
Mateo Múgica, máximo responsable de la Diócesis de Vitoria, envió un extenso estudio al Santo Oficio el 19 de agosto de 1931 -que fue publicado en el boletín diocesano- donde censuraba los hechos milagrosos bajo el título Sobre la supuesta sobrenaturalidad de lo que ocurre en Ezkioga.
Pero no fue hasta la llegada del psiquiatra francés Emile Pascal en 1932, cuando realmente comenzó a gestarse la operación de acoso y derribo por parte de las autoridades religiosas -quienes veían cimbrear su poder hegemónico con lo sobrenatural- y políticas -debido al gran número de incidentes y revueltas de enmascarado carácter celestial- amparándose en los informes académicos de los especialistas en medicina.

“Se trataría de un estado de subconsciencia ligero, con tendencia al monodeísmo -rubricó el doctor galo sobre el estado mental de los dotados durante sus éxtasis-.
Más exactamente, los videntes se sumen en un sonambulismo poco pronunciado en el que su atención espontánea se centra por completo en la visión, como ocurre al hipnotizado bajo la influencia de una sugestión intensa.
Hablamos de un estado ligero.
En efecto, falta aquí una de las características del sonambulismo profundo: la amnesia al despertar”
La corriente racional llegó a su máximo apogeo cuando el médico religioso Laburú -tras semanas de estudio- mostró públicamente sus trabajos y reflexiones en una conferencia ofrecida el 20 de abril de 1932 en el teatro Victoria Eugenia de San Sebastián.
Su ponencia fue todo un alegato de dudas sobre el origen de los sucesos.
La oratoria así como la cantidad de datos -envueltos de verborrea teológica- resultaron efectivos de cara a la audiencia según reflejaron todas las crónicas.
Y hubo un rápido dictamen: todo lo que estaba pasando en las serranías, y se puso especial énfasis en señalarlo, eran procesos mentales naturales basándose en los siguientes puntos:
1.- La certeza de los videntes sobre el momento en que se producirían.
2.- El infantilismo de lo que preguntaban y veían los videntes.
3.- La falsedad de lo que supuestamente habían dicho las apariciones.
4.- La conducta de los videntes antes y después de las visiones.
5.- Fraude obvio.
6.- La falta absoluta de humildad, recogimiento, oración, penitencia u obediencia en los videntes, resaltando el exhibicionismo, utilitarismo y disipación absoluta.

Fueron momentos delicados para el movimiento aparicionista.
Un periodo en el que cobran fuerza dos reverendos.
Rigne y Burguera, sacerdotes convencidos de tener una misión celestial, organizan y toman la defensa ante los ataques racionalistas.

                                                                   ¿El principio del fin?


Durante los siguientes años, cerca de un millón de personas acudieron a Ezkioga a pesar de la zozobra social, del turbio ambiente religioso y de los intereses políticos e intelectuales.
La situación se les había escapado de las manos a los mandatarios eclesiásticos y gubernativos.
Cualquier excusa sirvió entonces para actuar contra los herejes.
El ambiente se recrudeció más si cabe cuando varios videntes -entre los que se encontraba María Calaya- fallecían de tuberculosis y se convertían en mártires marianos.
Las persecuciones religiosas aumentaron más si cabe cuando el Gobernador Civil, Jesús del Pozo, decidió encarcelar a todos los implicados.
Y el 23 de enero de 1934, el obispo Múgica solicitó a dos funcionarios diocesanos que recabaran la mayor información posible para interrogar al máximo y acérrimo defensor de la visiones de Ezkioga, además de aventurero y escritor, Rigne.
Los avisos clericales se sucedieron y eran claros: si continuaba defendiendo y coordinando a los videntes sería excomulgado.
Meses más tarde, tras la publicación del libro prohibido -titulado Los hechos de Ezkioga ante la razón y la fe por el padre Amado Cristo Burguesa- estalló la tensa calma y restableció la búsqueda y detención de los implicados por parte de las autoridades eclesiásticas.
El Santo Oficio, finalmente publicaba, el 13 de junio de 1934 -tres años más tarde de que todo comenzara-, un decreto por el cual quedaba descartado el origen celestial de las visiones de Ezkioga.

“Quedan destituidas de todo carácter sobrenatural las supuestas apariciones y revelaciones de B. Virgen María en el lugar de Ezkioga y prohibidos ipso-iure libros que tratan de ellas (...)
Como supersticiosos expone el decreto inquisitorial firmado por el pontífice Pío II- los actos de culto provado que, partiendo del falso supuesto de dicha sobrenaturalidad vienen realizando allí algunas personas a pesar de nuestra exhortación contenida en la mencionada circular del 7 de agosto de 1993 y las amonestaciones que particularmente les hemos hechos reiteradas veces algunas de ellas”
A lo largo de los siguientes años se acrecentaron las persecuciones y comenzaron los encarcelamientos en el centropenitenciario de Ondarrieta de todas aquellas personas que afirmaban recibir mensajes de la Virgen. Tras la Guerra Civil, y bajo la dictadura impuesta por Franco, lejos de desaparecer continuó la caza de brujas. La contienda entre españoles no supuso la desaparición de la corriente espiritual en los montes guipuzcoanos y la Dirección General de Seguridad volvió a emitir nuevas prohibiciones de peregrinación a Ezkioga.

A pesar de la operación de acoso y derribo que vivieron todas las personas relacionadas con las apariciones marianas, los contactos entre videntes y seguidores prosiguieron de forma clandestina en domicilios particulares hasta que, en la década de los años cincuenta, el Obispo de San Sebastián retomó el diálogo, revisó el expediente del caso y permitió el culto en el enclave sagrado.
Hoy, luces y sombras se ciernen sobre los protagonistas de las visiones.
Una gran mayoría acabaron sus días en el centro de salud de Mondragón y en los calabozos de Ondarrieta.
Otros, como Cruz Lete, murieron fusilados junto a sus seguidores en la localidad madrileña de Paracuellos del Jarama.
El máximo representante Mariano Antonio Amundarin moría en San Sebastián en 1954 y Benita Aguirre, una de las genuinas elegidas, falleció en junio de 1982.
Las preguntas siguen ahí.

¿Qué clase de sucesos tuvieron lugar en los montes de Guipúzcoa? 
¿Fue todo producto de la sugestión colectiva o existió algo realmente inexplicable? 
¿Cómo y porqué eran algunos videntes inmunes al dolor, capaces de levitar, de hablar en otras lenguas, curar enfermedades y otras insólitas proezas? 
¿Profetizaron con éxito la Guerra Civil? 

Hoy, cuando los protagonistas han desaparecido, las visiones de Ezkioga son parte de la historia de nuestro país.
Sucesos que marcaron el modelo mariana -siguiendo las pautas de Lourdes y Fátima- del fenómeno mariana español del siglo XX y sobre el que existen y recaen demasiados silencios.

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