lunes, 7 de octubre de 2013

LA TÉCNICA DE FOTOGRAFÍA POST MORTEM.

La fotografía de difuntos fue una práctica que nació poco después que la fotografía (un 19 de agosto de 1839) en París, Francia, que luego se extiende rápidamente hacia otros países.
La práctica consistía en vestir el cadáver de un difunto con sus ropas personales y participarlo de un último retrato grupal, con sus compañeros, familiares, amigos, o retratarlo individualmente.
La fotografía mortuoria no era considerada morbosa, debido a la ideología social de la época del Romanticismo.
En dicho período se tenía una visión nostálgica de los temas medievales y se concebía la muerte con un aire mucho más sentimental, llegando algunos a verla como un privilegio.


Fotografías post mórtem. by Jesús Delafrontera

TÉCNICA DE LA FOTOGRAFÍA MORTUORIA: 
Algunos retratos póstumos se caracterizan por los variados artilugios de los que se servían los fotógrafos para embellecer la imagen y despojarla de la crudeza de la muerte, intentando algún tipo de arreglo para mejorar la estética del retrato.
En algunos casos se maquillaba al difunto o se coloreaba luego la copia a mano.
Los difuntos, por otra parte, eran sujetos ideales para el retrato fotográfico, por los largos tiempos de exposición que requerían las técnicas del siglo XIX.
En la toma de daguerrotipo la exposición seguía siendo tan larga que se construían soportes disimulados para sostener la cabeza y el resto de los miembros de la persona que posaba evitando así que ésta se moviera.
Las fotografías de difuntos los muestran "cenando" en la misma mesa con sus familiares vivos, o bebés difuntos en sus carros junto a sus padres, en su regazo, o con sus juguetes; abuelos fallecidos con sus trajes elegantes sostenidos por su bastón.

A veces, agregaban elementos icónicos, como por ejemplo una rosa con el tallo corto dada vuelta hacia abajo, para señalar la muerte de una persona joven, relojes de mano que mostraban la hora de la muerte, etc.
Los militares, los sacerdotes o las monjas eran, por ejemplo, usualmente retratados con sus uniformes o vestimentas características.
La edad del pariente que acompañaba al difunto era el hito temporal que permitía ubicarlo en la historia familiar.
Los deudos que posaban junto al muerto lo hacían de manera solemne, sin demostración de dolor en su rostro.

Los retratos mortuorios privados podían encuadrarse en tres posibles categorías según la manera en que se retrataba al sujeto:




Simulando vida: en un intento por simular la vida del difunto se los fotografiaba con los ojos abiertos y posando como si se tratara de una fotografía común, por lo general junto con sus familiares.
No es difícil notar cual es la persona sin vida ya que -entre otras diferencias-, al no tener movimiento alguno sale muy nítida en la imagen y no así sus familiares.
Las tomas se solían retocar a mano usando coloretes o pintando los ojos sobre los párpados cerrados.





Simulando estar dormido: por lo general se realizaba con los niños.
Se les toma como si estuvieran descansando, y en un dulce sueño del cual se supone que despertarían.
En algunos casos los padres los sostenían como acunándolos para aportar naturalidad a la toma.




Sin simular nada: se les fotografiaba en su lecho de muerte, o incluso en el féretro.
En este tipo de tomas se agregaban flores como elemento ornamental, que no existían en el resto de las fotografías post mortem.
Ese tipo de fotografías también se les tomaban a los niños (sobre todo en el caso de México).






Por los años veinte o treinta del siglo XX comenzaron a adoptarse nuevas tendencias que alcanzaron incluso la fotografía post mortem.
De esta forma, los fotógrafos comenzaron a presentar a los muertos bajo nuevos ángulos y perspectivas: detalles de las manos o de otras partes del cuerpo, con desenfoques selectivos muy controlados y realizando primerísimos planos de ciertas zonas del fallecido, o bien imágenes muy cercanas al fotoperiodismo actual.
Son tomas que en muchos casos resultan impresionantes por su dramatismo y cuidada iluminación.

ANTECEDENTES:
El hecho de fotografiar muertos tiene antecedentes prefotográficos en el Renacimiento, donde la técnica era el retrato por medio de la pintura en el llamado memento mori, frase que deriva del latín y significa "recuerda que eres mortal".
En la historia del arte era utilizado para la representación de los difuntos; otra técnica de la época medieval donde se concebía que el fin era inevitable y había que estar preparados.
La composición de retratos de muertos, especialmente de religiosos y niños se generalizó en Europa desde el siglo XVI.
Los retratos de religiosos muertos respondían a la idea de que era una vanidad retratarse en vida, por eso una vez muertos, se obtenía su imagen.
En estos retratos se destacaba la belleza del difunto y se conservaba para la posteridad.
Los retratos de los niños, en cambio eran una forma de preservar la imagen de seres que se consideraban puros, llenos de belleza y eran la prueba misma de que la familia del desafortunado niño, había sido elegida para tener un "angelito" en el cielo.


Retro proyector de fotografías post mortem. by Jesús Delafrontera

DE EUROPA A AMÉRICA:

En el siglo XIX, era una práctica muy común la fotografía post mortem.
En un extracto de "El Nacional", un diario argentino de 1861 fundado por Dalmacio Vélez Sársfield, se publicaba que el fotógrafo Francisco Rave y su socio José María Aguilar...
"Retratan cadáveres a domicilio, a precios acomodados...". Este tipo de publicaciones era la forma en que habitualmente promocionaban sus servicios los fotógrafos en el siglo XIX.
En 1848, Tomas Helsby ofrecía este tipo de retratos al igual que Bartola Luigi con su socio Aldanondo Antonio, que en 1856 instalaron su estudio especializándose en retratos post mortem.
Daviette, de nacionalidad francesa, en conjunto con el profesor Furnier ofrecían en Perú entre los años 1844 - 1846, los servicios de fotografías de difuntos en la cual recalcaban con avisos en el diario local la posibilidad de inmortalizar al ser querido.


En dichos avisos él mismo se anunciaba como "artista fotogénico" recién llegado de París, el cual se encargaba de "retratar los difuntos como cuadros al óleo".
Otro fotógrafo importante que se destacó en este género fue el peruano Rafael Castillo, quien comenzó a trabajar en el estudio del norteamericano Villroy Richardson, uno de los cinco grandes estudios fotográficos de Lima; posteriormente se le cedió la dirección del estudio a Ignacio Lecca.
Aún con el nuevo dueño, Castillo continuó dirigiéndolo como operador, mientras utilizaba con solvencia el mismo equipo y los recursos del norteamericano, aunque le cambió el nombre por el de "Fotografía Nacional".
Este estudio demostró ser el segundo en Lima, después del de Courret, en equipamiento, sofisticación y comodidades.
Castillo desarrolló nuevas tretas comerciales dirigidas a seducir clientes: gran variedad de servicios y nuevos productos, aparecieron las tarjetas de gabinete (mucho más grandes que las de visita), las imperiales, aún más grandes y las enormes ampliaciones de los negativos en las que las personas aparecían en tamaño natural.

Introdujo también las copias al carbón y la producción de los barniztipos y la fotografía de fantasía, estas últimas hechas con accesorios y decorados extravagantes.
La estética abordada en sus imágenes post mortem respondió a retratos frontales, de pie, en un espacio austero.
Generalmente posaban ante su cámara personajes que no pertenecieron a la clase acomodada limeña.
En el caso de México, hubo varios fotógrafos que obtuvieron importantes colecciones fotográficas de “difuntos”, uno de ellos fue Juan de Dios Machain, fotógrafo jalisciense de quien se conocen más de 100 fotografías de este tipo.
Retrataba “angelitos” ya fuera en su casa o su estudio, si la fotografía se tomaba en estudio, contaba con varios fondos especiales para la fotografía.

En Guanajuato su contemporáneo Romualdo García, llegó a obtener miles de retratos de ese tipo -la mayoría de estudio-, su obra es tan amplia que en ella dejó un invaluable patrimonio en imágenes sobre costumbres y formas de vivir de la sociedad mexicana que lo rodeaba a principios de siglo XX.
Otra importante colección la obtuvieron los hermanos Casasola, importantes fotógrafos mexicanos que trabajaron a fines del siglo XIX y principios del siglo XX.

Fotografías de "Angelitos":
El niño muerto fue objeto de culto en las diferentes culturas desde la antigüedad.
El culto varía dependiendo de la época y la cultura de que se trate.
Se les enterraba con juguetes u objetos de uso cotidiano.

En la Europa medieval, además de monumentos funerarios se colocaban epitafios con notas biográficas y frases que expresaban la pesadumbre y el deseo de perpetuar la memoria del niño muerto, invitándolo a tomar su lugar en el coro de ángeles.
Por eso a las fotografías post mortem de niños, a partir del siglo XIX se les llamó de "angelitos".
Existe una importante cantidad de fotografías de ese tipo, debido el alto índice de mortalidad infantil de dicha época, (la mayoría de los fallecimientos se debieron a los escasos recursos médicos en esos tiempos, como a la pobreza en muchos de los casos).
Una familia común sumaban entre 8 y 10 hijos de los cuales solían fallecer la mitad.
Tomando en cuenta ese contexto, las fotografías del niño fallecido junto a sus padres y/o hermanos, o simplemente el niño muerto, estaban comprensiblemente aceptadas.


Aspectos religiosos:
En la religión católica de América los niños que morían sin pecado original por haber sido bautizados y sin ningún otro pecado en vida, iban directamente al cielo para convertirse en Angelitos, en cambio, los que no habían sido bautizados eran enterrados con los ojos abiertos para que pudiesen ver la gloria del señor, y se dice que iban al Limbo, tal como lo describe Dante Alighieri en La Divina Comedia.
Desde el siglo XVIII, la Iglesia se preocupó por los desafortunados niños que al morir sus madres permanecían atrapados en sus vientres, sin posibilidad de recibir el bautismo y por tanto confinados a vivir atrapados también en el Limbo.
Fray Joseph Manuel Rodríguez se preocupó mucho por la situación y escribió:
"La caridad del sacerdote para con los niños encerrados en el vientre de sus madres difuntas".
Impulsado por el hecho de que lograr un nacimiento normal, sin muerte del bebé o de la madre, era en sí mismo un verdadero triunfo, Fray Joseph encontró en la operación cesárea un medio para evitar que los pequeños seres no natos, corrieran la suerte de quedar enterrados vivos junto con sus madres sin la posibilidad de lograr la vida gloriosa por no haber recibido el sacramento del bautismo.
El fotógrafo mexicano más famoso en este tipo de fotografía fue Juan de Dios Machain.

TAMBIÉN SE LE RENDÍA CULTO A LOS ANIMALES:





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